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Puntos sobre las íES

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01 de Abril 2016

Wembley a la Habana

Antonio Navalón
@antonio_navalon

En 1973 en el Wembley Empire Pool, Londres, tuve la oportunidad de asistir al primer concierto de mi vida de los Rolling Stones.

Mick Jagger saltaba y saltaba antes de interpretar “Jumping Jack Flash” y, dejándose llevar por su “Satisfaction”, manifestando las señales de identidad de toda una generación a la que yo pertenecía y en la que buscábamos nuestra propia revolución, misma que llegó en forma de música, libertad, sexo y drogas.

Cuando Fidel Castro condenó el pop y el rock lo hizo siguiendo la equivocada línea del Kremlin ruso y de los países comunistas. Porque los viejos revolucionarios, con Castro a la cabeza, nunca entendieron que cada generación necesita su revolución.

Y si para ellos la revolución se conformaba por golpes, dignidad nacional y cambio de sistema, para los que hace unos días saltaron enloquecidos con “Paint It Black” en La Habana, su revolución es la más bella de todas porque va más allá de la paz, la igualdad y la legalidad. Algo que describió Thomas Jefferson en la Declaración de Independencia de EE.UU. cuando destacó la frase: “pursuit of happiness”, recordándonos la importancia de buscar la felicidad.

Porque tener un proyecto de felicidad personal es la mayor de las revoluciones. Pero muchas veces los revolucionarios olvidan que cada ser humano necesita hacer su propia revolución.

Lo que pasó la otra noche en La Habana, con un Mick Jagger que sigue saltando y que suena eternamente joven, es un nostálgico gesto de la historia. Porque después de tanta oscuridad, frío y tensión, y después de tanto diálogo entre el capitalismo y el comunismo, al final del día –así como nos imaginó Jefferson– todos tenemos una revolución que consiste en la búsqueda de la felicidad.

Ahora las cosas están cambiando en Cuba, donde hay que reconocerle a los Castro la habilidad para morir con dignidad.

Las cosas están cambiando en el mundo, porque todos los viejos clichés se han derrumbado como lo hicieron los muros del comunismo y las torres del capitalismo.

Las cosas están cambiando porque un concierto es capaz de convertirse en el acto político de mayor significado, después de ese guiño que le hace Barack Obama a la historia.

Y finalmente, las cosas también están cambiando porque ni el poder del imperio del norte ha tenido la fuerza suficiente para impedir que un presidente –en la recta final de su mandato– construya un discurso por encima del miedo de los cubanos y de los estadounidenses, y termine por dar un enorme salto en la historia, que nos lleva a la satisfacción de poder construir una nueva esperanza para el futuro que está por venir.