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Mexicanos sin documentos se asilan en prepa popular

Eleazar Hernández vivió 13 años sin papeles en Wisconsin. Hace poco más de año y medio, optó por repatriarse voluntariamente, ante el riesgo de ser acusado por sus patrones de delitos graves para evitar indemnizarlo por un accidente de trabajo. Allá, del otro lado, se quedaron sus dos hijas, Estéfani, de 25 años, y Jazmín, de 27, así como sus dos nietos Mía, de dos años, y Bernardo, de seis.
Originario de Guanajuato y con 48 años de edad, Eleazar aún no ha visto ni la ayuda ni el acompañamiento prometidos por Enrique Peña Nieto.
Sólo recuerda aquel “no están solos” que el presidente dijo en la terminal 2 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México a 135 connacionales deportados de Estados Unidos, el 7 de febrero de 2017, apenas dos semanas después de que Donald Trump tomara el cargo de presidente de Estados Unidos de América.
En 2017, la Unidad de Política Migratoria de la Secretaría de Gobernación registró 167 mil 65 personas repatriadas, y de enero a julio de este año se sumaron otras 123 mil 648 personas, 290 mil en año y medio.
Para Eleazar, cada mañana es despertar de una pesadilla estar en su país. Cuando abre los ojos, corre a la ventana y comprueba su nueva realidad: “Estoy en México”.
En 2009, Eleazar sufrió un grave accidente en Hudapack, una fundidora de acero donde trabajaba. Al golpearse con un tubo se lesionó tres cervicales y se rompió el hombro. Pasó dos semanas en coma. Fue operado en el Hospital Freder y después atendido en el Aurora Hospital.
Mientras se recuperaba, consiguió dos empleos: uno como encargado de cocina en una pizzería y otro como diseñador de interiores. Entre ambos trabajos ganaba 2 mil 400 dólares a la semana.
Tardó varios años en animarse por acudir al camino legal, hasta que en 2014 contrató a un abogado y demandó a Hudapack. Un año después, fue su propio abogado quien le recomendó salir de Estados Unidos. Existía la amenaza de ser acusado de posesión de pornografía infantil. Eso podría costarle entre 25 y 50 años de cárcel. Su juicio de repatriación fue en junio de 2016.
En México le ha sido difícil conseguir trabajo por las secuelas de sus lesiones. Su perfil le consigue entrevistas de trabajo, que terminan en cuanto lo ven llegar asistido por un bastón. “Nomás me dicen ’luego te hablamos’; lo he escuchado en todos lados”, se lamenta Eleazar.
Esa es una de las razones por las que Eleazar Hernández y otros 20 mexicanos deportados de Estados Unidos se han organizado en un grupo que llaman Aztlán Estado 33. El nombre del grupo es una metáfora del abandono que sufren los migrantes de las 32 entidades del país: una vez deportados, pareciera que no pertenecen aquí.
 
Deprimido
Adán Jácome León nació en la Ciudad de México y vivió 16 años en Las Vegas, Nevada. Su primer trabajo allá fue como jardinero; al final terminó limpiando limusinas desde las 4 de la mañana. Hasta que lo deportaron.
Su regreso a México lo sumió en una depresión que lo hizo encerrarse durante dos meses. Tampoco él ha visto la ayuda prometida por el presidente Peña Nieto. “Para ellos somos invisibles”, dice. En cuanto salieron del aeropuerto con su acta de deportación emitida por el Instituto Nacional de Migración se convirtieron en “unos fantasmas para el gobierno”.
En el grupo Aztlán Estado 33 también hay quienes estuvieron más tiempo en Estados Unidos que en México. Efrén González, de 43 años, vivió 27 de ellos en Atlanta, pero su proceso duró dos años en un centro de detención para migrantes; de ahí lo deportaron a México. Lo arrestaron luego de no pagar dos multas por conducir a exceso de velocidad, una en 1994 y la otra en 2008. Fuera de eso, no tenía ningún antecedente. Fue mala suerte, dice, “ellos saben dónde estamos, saben qué hacemos; si nos quisieran deportar a todos, van y nos encuentran en nuestras casas”.
 
Discapacitado
Un caso más crítico es el de Salvador Díaz Ortiz, un hombre que pasó en Los Ángeles, California, 50 de sus 53 años de edad. Un mal día para él, respiró la espora de un hongo del que sólo sabe que abunda en algunas zonas agrícolas de California, Arizona, Nevada y Nuevo México. En realidad no sabe cuándo ocurrió ni qué tipo de hongo es o cómo se llama la enfermedad que le produjo, pero a partir de 2006 quedó atado a una silla de ruedas.
Luego de tres meses de regreso a un país que ya no conoce, “trato de acostumbrarme a las costumbres de aquí y a las inconveniencias para las personas en silla de ruedas, porque es muy difícil moverme de un lado para otro sin tener vehículo propio. Tengo que depender del transporte público o de que alguien me pueda ayudar”, relató.
Salvador estuvo a punto de adquirir la ciudadanía estadounidense, pero no lo logró.
 
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