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30 de Marzo 2016

La democracia en los tiempos del cólera

Antonio Navalón

@antonio_navalon

Ahora en Bruselas, la extrema derecha se apropia de la sangre y el terror para intentar hacer una manifestación en recuerdo de los muertos del aeropuerto Zaventem y de la estación del metro Maelbeek.

En Eslovaquia un partido de extrema derecha —Partido Popular Nuestra Eslovaquia— gana las elecciones y entra al Parlamento vestido de negro y con aquella cruz llamada suástica.

Y en América Latina, el juez Sergio Moro, en su intento por erradicar la corrupción endémica del sistema político brasileño, hace pública una conversación entre la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff y el expresidente Lula da Silva.

En esa conversación se evidencia que la presidenta informa a Lula que le envió el documento de su designación como ministro para usarlo “en caso de ser necesario”.

Sin embargo, ha llegado el momento de llamar a las cosas por su nombre. Porque en Brasil no se está llevando a cabo precisamente un proceso de depuración de la corrupción. Puesto que no se han perseguido con la misma saña las corruptelas de los socios de Dilma y de Lula, mientras éstos últimos no dejan de ser evidenciados.

Por eso la presidenta hace bien cuando delante de periodistas extranjeros, declara que el juicio político que el Congreso lleva en su contra es un golpe de Estado. Y que le han pedido que renuncie para evitar “echarla de forma ilegal”.

Y es que, efectivamente perseguir a los corruptos y acabar con ellos, aunque sean los presidentes en funciones, es un deber moral. El problema está en que nunca sabremos en qué momento llega a la mente de un líder, la idea de que vulnerar un poco la ley en beneficio de los demás es algo positivo, porque a fin de cuentas el beneficiario será el pueblo.

Pero lo que sí sabemos es que el camino de las reformas dio origen a monstruos extraños que surgieron del apareamiento entre gente limpia y gente sucia. Y al final esa terrible verdad de que la sociedad siempre se puede limpiar, se instaló en la vida política.

Ahora en Brasil se está gestando un golpe de Estado. Y en ese sentido, México ha tenido mucha suerte, porque gracias a Plutarco Elías Calles nunca hemos tenido en la Presidencia a un general golpista, como ocurrió en varios países latinoamericanos.

Mientras tanto, y sin que aún tengamos a un juez Moro entre nosotros, debemos saber que los golpes de Estado democráticos ya están volando sobre las superficies políticas de América, y que de ese fenómeno ningún país está libre de peligro. Porque desafortunadamente el cólera de la corrupción en nuestro país es capaz de justificar cualquier acción en contra de cualquier persona.