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Indicador Político

Las nuevas leyes y reglas contra la corrupción que se debaten en el Congreso confirman la maldición de Luis Cabrera en los años 30 sobre los abusos de políticos revolucionarios con el presupuesto: los acuso de corruptos, no de tarugos.

La nueva legislación anticorrupción va a castigar sólo a los tarugos, no a los corruptos.

La clave en la lucha contra la corrupción como efecto –no la causa– estaría en la impunidad.

Y ahí sólo podrían tenerse resultados si en el paquete se incluye una ley de extinción de dominio: quitarles bienes muebles e inmuebles y riquezas a corruptos.

De todos modos, quedará pendiente el análisis de las causas de la corrupción. Y ahí los políticos-legisladores van a eludir la fuente fundamental de la corrupción en México: el Estado patrimonialista y el cobro con corrupción de la inversión para ser político-funcionario.

En dos textos políticos, Octavio Paz centró el tema de la corrupción en el poder público: su carta a Adolfo Gilly (Plural 5, febrero de 1972) y su ensayo El ogro filantrópico (Vuelta 21, agosto de 1978).

En El ogro filantrópico estableció que el eje de la corrupción en México estaba en el Estado patrimonialista, pero como patrimonio de las autoridades. Paz acudió al pasado: las cortes europeas del XVII y XVIII vendían cargos públicos y borraron las fronteras entre lo público y lo privado. “Si el Estado es el patrimonio del rey, ¿cómo no va a serlo también de sus parientes, sus amigos, sus servidores y sus favoritos? En su carta a Gilly, Paz atrajo la atención hacia una configuración del Estado mexicano similar al de las dinastías chinas, a través de referencias al libro La burocracia celeste. Historia de la China imperial (Barral Editores 1974, 1968 en francés, la que leyó Paz), del sinólogo Etienne Balazs, que debiera ser de lectura indispensable para entender el alcance de la corrupción y la flojedad de las leyes que se discuten hoy en el Congreso mexicano.

El modelo de Balazs citado por Paz se entiende hoy: los emperadores chinos contrataron a funcionarios para mover la administración y le dieron el nombre de “funcionarios letrados”, algo así como los especialistas, los licenciados de antes, en tareas de mandarines.

Su tarea era improductiva porque sólo administraban a partir de los valores del confucionismo: respeto, docilidad, obediencia, sumisión y subordinación.

Esta casta se modernizó y a comienzos del siglo XX fue identificada por Gaetano Mosca como la clase política.

Para ser funcionario de una dinastía china había que hacer inversiones y gastos, pero ya en los cargos los salarios eran menores y tenían que vivir de sus sueldos. Ahí nació la corrupción: el funcionario debe recuperar de la sociedad lo que el Estado le niega. En el cargo, el funcionario comenzó a corromperse con los que necesitaban de los servicios del Estado para recuperar lo invertido. Los emperadores se despreocuparon porque el dinero salía de la corrupción pagada por la sociedad.

El Estado patrimonialista y la recuperación a cargo de erario, del costo, de la carrera política son el origen de la corrupción.

Las leyes que se discuten hoy nada de este enfoque han tomado en cuenta y sólo van a castigar a los tarugos y no a los corruptos. Los mandarines del poder pueden quedar tranquilos.

Política para dummies: La política es el pantano que atraviesan todas las aves políticas de plumaje gris y negro para que no se vean la manchas del pantano.

CARLOS RAMÍREZ

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@carlosramirezh

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