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Opinion

#HerenciadelMéxicoAntiguo De la lluvia y el llanto

Carlos G. Alviso López

¡No, no se lleven a nuestros hijos! Así era la súplica de una madre mexica

que con dolor y trágicamente la separaron de su vástago una mañana de abril hace ya muchos siglos. No obstante, su acongojo se convirtió en un

dejo esperanzador cuando los pensantes de esa era le explicaron el fundamento de la separación momentánea.

Aquellos juiciosos que dirigían multitudes y las guiaban con su saber, le hicieron notar a la madre agobiada que los niños tenía un poder sobre la tierra y el cielo a través de su llanto y eran esas, sus lágrimas, las que darían luz y seguridad a las cosechas no sólo en ese momento, sino de múltiples generaciones.

Al proseguir con el relato, le expusieron que al subirlos a la montaña más alta, los infantes atraerían la atención de Tláloc, deidad acuática, dueño de los mares, los ríos y por supuesto, la lluvia. Pues al escucharlos llorar, este de inmediato se compadecería y haría que las lloviznas alimentaran y nutrieran los campos.

Aquellos tiempos inmemoriales eran de sequía, los pueblos estaban en hambruna y el pauperismo era la constante, por eso, había que llevar un grupo de niños a la punta del cerro, para que su llanto y sollozar trajeran consigo aguaceros, nubarrones y relámpagos.

Con la confianza de la madre que entendió este sacrificio, así, muchas progenitoras lo comprendieron y asimilaron con valentía. Fue entonces que emprendieron el viaje cientos de pequeños, acompañados de los sabios para recorrer veredas intransitables, entre maleza, árboles, serpientes y otros peligros.

Al llegar a lo más alto de la montaña, ahí, comenzó el llanto al unísono, acto que indudablemente atendió con premura el dios de las aguas Tláloc, sin reparos, ordenó a sus tlaloques, súbditos de esta deidad, verter del cielo a la tierra, grandes cantidades del líquido vital y así dotar de vida y resplandor los campos arados.

De tal suerte que meses después regresaron los niños y los sabios para reunirse con sus padres y fue ahí, en ese preciso momento del rencuentro de la madre abrumada y su hijo, que se marcó una nueva era para los mexicas, las cosechas y las lluvias, hoy una herencia más del México antiguo.

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